jueves, 29 de agosto de 2019

¨¨LA CERTEZA DE LO QUE SE ESPERA¨¨(Paco Clares)

Paco Clares ha compartido un enlace.
LA CERTEZA DE LO QUE SE ESPERA
(Hebreos 11:1) “Es, pues, la fe la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve.”
PESHITA, escrita en Siríaco (dialecto del arameo), Siglo II
(Hebreos 11:1) “Ahora bien, la fe es la convicción de las cosas que se esperan como si ya fueran realidad, y es la revelación de las cosas que no se ven.”
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En este mensaje, me voy a centrar fundamentalmente, en la certeza de lo que se espera; o dicho de otro modo, en la convicción de las cosas que se esperan como si ya fueran realidad.
Pero antes, vamos a recordar todos juntos, que Jesús, es el autor y consumador de la fe, en quien tenemos o debiéramos tener, puestos, nuestros ojos.
Así, que la fe es por el oír, y el oír, por la palabra de Dios.
Es por la fe en Jesús nuestro Señor y en su obra redentora, consumada en la cruz, y por la Palabra, que hemos pasado de las tinieblas a la luz, de la potestad de Satanás a Dios, recibiendo perdón de pecados y herencia entre los santificados; porque por gracia somos salvos por medio de la fe; y esto no de nosotros, pues es don de Dios (Efesios 2:8).
Es Jesús, a quién Dios puso, como propiciación por medio de la fe en su sangre, para manifestar su justicia, a causa de haber pasado por alto, en su paciencia, los pecados pasados, con la mira de manifestar en este tiempo su justicia, a fin de que él sea el justo, y el que justifica al que es de la fe de Jesús
Así, que justificados pues por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesús Cristo; por quién también, tenemos entrada por la fe a esta gracia en la cual estamos firmes, y nos gloriamos en la esperanza de la gloria de Dios.
Por la fe en Cristo Jesús, somos hechos hijos de Dios y viviremos, estando firmes y en pie.
Estoy persuadido y me duele mucho el decirlo, que lo que más nos falta, es la fe en la presencia personal del Señor y en la acción y dirección del Espíritu Santo en la asamblea o iglesia. Tengamos siempre presente, que cuando nos reunamos en el nombre del Señor, él está en medio de nosotros (Mateo 18:20). E igualmente, tengamos siempre presente, la presencia del Espíritu Santo, del Espíritu de verdad con nosotros, en nosotros y en la asamblea o iglesia (Juan 14:16-17)
La palabra de Dios, nos dice, que sabemos, que Él permanece en nosotros, por el Espíritu que nos ha dado (1ª Juan 3:24). El Espíritu, que nos ha dado, es el Espíritu Santo, es el Espíritu de verdad, al cual el mundo no puede recibir, porque no le ve, ni le conoce: mas nosotros le conocemos; porque está con nosotros, y será en nosotros (Juan 14:16-17). La gracia de nuestro Señor Jesús Cristo, el amor de Dios nuestro Padre, y la participación del Espíritu Santo es con todos nosotros (2ª Corintios13:14).
Cuanto conocemos de Dios el Padre, fundamentalmente, lo conocemos, por nuestro Señor Jesús Cristo, que es, quién nos lo dio a conocer; pero también y posteriormente, ampliamos este conocimiento, por lo que reveló a los apóstoles por el Espíritu; porque el Espíritu todo lo escudriña, aun lo profundo de Dios. Porque ¿quién de los hombres sabe las cosas del hombre, sino el espíritu del hombre que está en él? Así tampoco nadie conoció las cosas de Dios, sino el Espíritu de Dios (1ª Corintios 2:10-11).
Es por el Espíritu, que nos es dada palabra de sabiduría; a otro, palabra de ciencia según el mismo Espíritu; a otro, fe por el mismo Espíritu; y a otro, dones de sanidades por el mismo Espíritu. A otro, el hacer milagros; a otro, profecía; a otro, discernimiento de espíritus; a otro, diversos géneros de lenguas; y a otro, interpretación de lenguas. Pero todas estas cosas las hace uno y el mismo Espíritu, repartiendo a cada uno en particular como él quiere (1ªCorintios 12:8-11).
Tengamos oído, y oigamos lo que el Espíritu dice a esta asamblea o iglesia. Asimismo, tengamos siempre presente, que el Espíritu nos ayuda en nuestras flaquezas; porque qué hemos de pedir como conviene, no lo sabemos; sino que el mismo Espíritu pide por nosotros con gemidos indecibles (Romanos 8:26).
El Espíritu Santo, nos enseña y recuerda todas las cosas que hemos recibido por la palabra de Dios (Juan 14:26); y nos guía, porque somo hijos de Dios (Romanos 8:14). Y también, el Espíritu Santo, es el que llama a los obreros, para la obra del Señor (Hechos 13:2).
El Espíritu Santo, además de lo anteriormente expuesto, está aquí en la Tierra y estará, hasta que el Señor venga para nuestra reunión con él; y está aquí, para convencer, redargüir al mundo de pecado, de justicia, y de juicio. De pecado ciertamente, por cuanto no creen en nuestro Señor Jesús Cristo; y de justicia, por cuanto nuestro Señor está sentado a la diestra del Padre; y de juicio, por cuanto el príncipe de este mundo ya ha sido juzgado en la cruz del Calvario (Juan 16:8-11).
Un día dormiremos y nos iremos con el Señor, salvo que adelantara su Venida y fuésemos reunidos con él. Nuestro espíritu será trasladado al Paraíso en el mismo instante en que muramos físicamente; por ello, no hemos de temer a la muerte, porque sabemos, que en este trance, también está Dios con nosotros; y porque el Señor Jesús Cristo, ha quitado el aguijón del pecado y de la muerte, tras obtener en la cruz la victoria, que nos ha librado de la servidumbre a que estábamos sujetos, por temor a la muerte. ¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón (el pecado)? ¿Dónde, oh sepulcro, tu victoria? (1ª Corintios 15:55)
En el Paraíso, estaremos con el Señor Jesús Cristo, gozando de su presencia en plena consciencia; será un estado intermedio con pleno conocimiento de quiénes somos en el orden espiritual, y en una ausencia total de todas aquellas circunstancias que nos eran dolorosas. Por el contrario, los que no son hijos de Dios y discípulos de Cristo, irán a un lugar llamado Sheol/Hades, donde permanecerán igualmente en un estado intermedio, separados del Señor Jesús Cristo y en espera de "la resurrección de los muertos" y del "juicio eterno".
Resucitar, significa volver a la vida tras haber muerto. Todos o casi todos, resucitaremos algún día, aunque no todos lo haremos a la vez. Primeramente, resucitarán los muertos en Cristo y el resto lo harán al final de los tiempos, transcurridos los mil años, en que los hijos de Dios, reinaremos con Cristo.
Nuestro Señor Jesús Cristo, es el ejemplo perfecto, de cómo seremos tras la resurrección.
(1ª Juan 3:2) “Amados ahora somos hijos de Dios, y aún no se ha manifestado lo que hemos de ser; pero sabemos que cuando él se manifieste seremos semejantes a él, porque le veremos tal y como él es.”
Aunque tras la muerte, el cuerpo, alma y espíritu fueron separados del cuerpo, Dios, los volverá a unir. La resurrección, significa la redención de nuestros cuerpos y la restauración de la identidad personal. Recibiremos un cuerpo, el cual, inconfundiblemente será el nuestro, pero evidentemente, de una naturaleza absolutamente distinta. Nos dará, un cuerpo de gloria, el cual, no estará sujeto a aquellas limitaciones, a las que el cuerpo terrenal estaba sujeto.
El Señor Jesús Cristo, transformará, nuestro cuerpo de la humillación nuestra, para que sea semejante al cuerpo de la gloria suya, por el poder, por el cual, puede también sujetar a sí mismo todas las cosas (Filipenses 3:21).
El cuerpo del Señor Jesús Cristo, era el mismo, aunque diferente al cuerpo terrenal, de tal manera, que en algunas ocasiones, no llegaron a reconocerle a simple vista. Atravesaba paredes y aparecía y desaparecía a voluntad propia; su cuerpo, era visible y tangible, llegando incluso a comer con sus discípulos.
Del mismo modo, que Dios, nos creó, dándonos un cuerpo a cada uno y diferente; igualmente, también, nos dará un cuerpo de gloria a cada uno y diferente (1ª Corintios 15: 38-43).
Nuestra identidad personal será restaurada de tal modo, que tendremos memoria de las cosas, reconoceremos a quiénes conocimos y podremos comunicarnos con ellos; al igual que sucedió al Señor Jesús Cristo, tras resucitar de entre los muertos.
Aunque la norma es, que todos experimentemos la muerte, la resurrección y el juicio; conocemos por la Biblia, que ya se han producido algunas excepciones (Enoc y Elías), y conocemos la promesa, por la cual algunos hijos de Dios y discípulos de Cristo, no experimentarán o no experimentaremos la muerte, toda vez serán o seremos arrebatados por Cristo en su Venida. Lo cierto, es que si vivimos así como si ya hubiéramos muerto, los que hemos creído en el Señor Jesús Cristo, seremos transformados y arrebatados.
En un momento, en un instante, los muertos en Cristo resucitarán y los de Cristo en su Venida serán o seremos arrebatados para encontrarnos con el Señor en las nubes; y esto se producirá al toque de la final trompeta (1ª Corintios 15:51-53).
Todo esto, constituye para nosotros, una "esperanza bienaventurada", la cual debe servirnos, para purificarnos, para mantenernos sin mancha e irreprensibles, viviendo en paz y negándonos a nosotros mismos.
(Tito 2:11-13) "Porque la gracia de Dios se ha manifestado para salvación a todos los hombres, enseñándonos que renunciando a la impiedad y a los deseos mundanos, vivamos en este siglo, sobria y justamente aguardando la esperanza bienaventurada y la manifestación gloriosa de nuestro gran Dios y de Salvador Jesús Cristo."
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Todo lo que el hombre sembrare, eso también segará.
(Gálatas 6:7-8) "No os engañéis; Dios no puede ser burlado; pues todo lo que el hombre sembrare, eso también segará. Porque el que siembra para su carne, de la carne segará corrupción; más el que siembra para el Espíritu, del Espíritu segará vida eterna."
Habrá dos resurrecciones: primero los muertos en Cristo y tras cumplidos mil años todos los que murieron sin Cristo. Los primeros, compareceremos ante el "Tribunal de Cristo", mientras los segundos, lo harán ante el "Gran Trono Blanco".
Dios, es el Juez de todos, pero ha dado la autoridad para ejecutar este juicio a su Hijo, el Señor Jesús Cristo. "Porque el Padre a nadie juzga, sino que todo el juicio dio al Hijo..."
Dios, conoce de antemano todas las cosas, y no necesita de testigos que declaren, ni pruebas para dar su veredicto, como haría un juez en nuestros juzgados (Hebreos 4:13). Por tanto, el día que comparezcamos ante el Señor Jesús Cristo, él, nos mostrará que sabe todas las cosas, y nos mostrará su justicia.
El que los hijos de Dios y discípulos de Cristo, comparezcamos ante el Tribunal de Cristo y que los incrédulos lo hagan ante el Gran Trono Blanco, no es una decisión arbitraria de Dios. Los hijos de Dios y discípulos de Cristo, tenemos la promesa, de que no seremos afectos a la ira de Dios (salvos de la ira), toda vez, hemos aceptado al Señor Jesús Cristo como nuestro Salvador, y nuestro pecado ya fue juzgado con él, en la cruz del Calvario.
Es claro, que cuanto hicimos antes de conocer y creer en el Señor Jesús Cristo, ya ha sido juzgado en la persona de Cristo, cuando tomó nuestro lugar en el "juicio de la cruz" muriendo por nosotros, por nuestros pecados. Luego, las obras, que únicamente han de ser juzgadas, serán las que realicemos sobre el fundamento de nuestro Señor Jesús Cristo. Las obras de cada uno se harán manifiestas; porque el día las declarará, pues por el fuego serán reveladas; y la obra de cada uno, cual sea, el fuego la probará. Si permaneciere la obra de alguno que sobreedificó, recibirá recompensa, si la obra de alguno se quemare, él sufrirá pérdida, si bien él mismo será salvo, aunque así como por fuego." (1ª Corintios 3:14-15)
El Señor, examinará y juzgará como hemos utilizado nuestro tiempo, nuestros bienes materiales, las oportunidades que hemos tenido para hablar de él, y que hemos desaprovechado, el uso de los dones espirituales que él nos ha concedido, el tratamiento que hemos dado a nuestros hermanos en Cristo, y en definitiva, el uso que hemos dado de cuanto hemos recibido de él, y si realmente lo hemos hecho para él como obra suya, o lo hemos hecho para nosotros como si la obra fuere nuestra. Todo esto, será públicamente declarado, revelado y probado; y si permaneciere la obra, recibiremos recompensas en forma de coronas, como son:
1. La corona de la vida.- Si hemos sido fieles (Santiago 1: 12).
2. La corona de justicia.- Para todos los que aman su venida (2ª Timoteo 4:7-8).
3. La corona de gozo.- Para los ganadores de almas (1ª Tesalonicenses 2:19-20).
4. La corona incorruptible de gloria.- Para los que con fidelidad han cuidado del rebaño, de la grey de Dios (1ª Pedro 5:4).
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Mientras nosotros comparecemos ante el Tribunal de Cristo, habrá en toda la tierra, gran tribulación. La tierra, será segada; siete plagas la asolarán, y siete copas de ira serán derramadas. El dragón, la bestia, el falso profeta y la gran ramera (Babilonia) será condenada. Entonces, se producirá gran gozo y alegría en el cielo; y todos los santos vestidos de lino fino, limpios y resplandecientes, entraremos a la cena de "las bodas del Cordero".
La iglesia, siempre está y estará donde está Cristo; por tanto, en la manifestación de la gloria del gran Dios, y de nuestro salvador Jesús Cristo, vendremos y reinaremos con él, durante mil años.
¡Será un reinado de paz y de justicia!
Transcurridos los mil años de reinado con él, resucitarán los incrédulos, los que a lo largo de la existencia de la tierra murieron sin Cristo, comenzando "el juicio de las naciones", "el juicio del Gran Trono Blanco", donde han de ser juzgados los gentiles, los judíos y los ángeles.
Los gentiles, serán juzgados; unos, por los libros de sus religiones o creencias; y otros, según la ley escrita en sus corazones, donde sus conciencias darán testimonio y les acusarán o defenderán sus propios razonamientos (Romanos 2:12-16).
Las doce tribus de Israel, serán juzgadas por los apóstoles, y lo harán por la ley del Antiguo Testamento (Lucas 22:29-30).
Aquellos gentiles o judíos, que hayan oído el evangelio rechazándolo, serán juzgados más severamente, que aquellos otros, que nunca tuvieron la oportunidad de haberlo oído.
(Juan 12:48) "El que rechaza y no recibe mis palabras, tiene quien le juzgue; la palabra que he hablado, ella le juzgará en el día postrero."
Nosotros, no seremos juzgados en esta ocasión, puesto que como dije, nuestro pecado ya fue juzgado en la cruz de Cristo; pero, actuaremos como jueces asistentes de Jesús Cristo, para juzgar a los gentiles y a los ángeles. "¿O no sabéis que los santos han de juzgar al mundo? Y si el mundo ha de ser juzgado por vosotros, ¿sois indignos de juzgar cosas muy pequeñas? ¿O no sabéis que hemos de juzgar a los ángeles? ¿Cuánto más las cosas de esta vida?” (1ª Corintios 6:2-3)
(Daniel 12:2-3) "y muchos de los que duermen en el polvo de la tierra serán despertados unos para vida eterna, y otros para vergüenza y confusión perpetua. Más los entendidos resplandecerán como el resplandor del firmamento y los que enseñan la justicia como las estrellas a perpetua eternidad."
Tras "el juicio del Gran Trono Blanco", la muerte y el Sheol/Hades serán lanzados al "lago de fuego", así como los que no se hallaron inscritos en "el libro de la vida", y esta será la muerte segunda, la separación total y definitiva, la vergüenza y confusión perpetua.
Jamás, he mezclado al pueblo de Israel con la iglesia de Dios. La iglesia de Dios, es algo especial, es celestial y apartada de toda promesa o posición terrenal. El misterio de Cristo y la iglesia, ha estado oculto durante miles de años, y en la dispensación del cumplimiento de los tiempos, ha sido revelado al unísono, que el misterio de la voluntad de Dios, de reunir todas las cosas en Cristo, así las que están en los cielos, como las que están en la tierra.
Dice la palabra de Dios en 1ª Corintios 15:24 “Luego el fin, cuando entregue el reino al Dios y Padre, cuando haya suprimido todo dominio, toda autoridad y potencia.”
Cuando esto ocurra, creo firmemente, que estando nuestro Señor Jesús Cristo, en el seno del Padre, nosotros estaremos con él.
¡Ya nos preparó él una morada!
Para mí Dios, es el templo, donde nosotros que somos sus hijos habitaremos y moraremos por toda una eternidad, en su presencia y disfrutando de su gloria, esencia y sustancia.
¡La vida eterna!
¡Gloria a Dios, por su inmenso amor y misericordia!
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